Artemis II: Cuando la humanidad vuelve a ser una sola
La misión Artemis no solo despegó hacia la Luna, también nos llevó de vuelta a 1969.
Bernal Fonseca / Comunicador y triatleta de alto rendimiento.
Por un instante, el tiempo pareció doblarse. Volvimos a ese momento en el que la humanidad vio por primera vez a uno de los suyos pisar la superficie lunar. Pero aquella vez ocurrió en un mundo distinto: uno donde la comunicación y la televisión apenas comenzaban a consolidarse, donde la señal era frágil y la experiencia colectiva dependía de unos pocos canales.
Hoy, el contexto es otro. La evolución mediática nos ha colocado en un escenario radicalmente distinto, inmediato, fragmentado y global, al mismo tiempo. Sin embargo, el simbolismo permanece intacto. La emoción es la misma. Y quizás por eso pesa más.
Porque esta vez no ocurre en un mundo que se está descubriendo, sino en uno profundamente dividido. Un mundo atravesado por conflictos en Oriente Medio, por guerras que se prolongan en distintos puntos del planeta y por tensiones geopolíticas que reconfiguran el equilibrio global. Un mundo donde incluso nuestras propias sociedades, como la costarricense, han experimentado fracturas evidentes, especialmente en medio de recientes procesos políticos que dejaron más distancia que encuentro.
En ese contexto, mirar hacia la Luna no es solo un acto científico, es casi un acto de pausa.
Podría parecer que estos avances nos quedan lejos. Costa Rica no es un actor directo en la industria aeroespacial, y eso es un hecho. No construimos cohetes ni diseñamos misiones. Pero hay algo que no podemos permitirnos olvidar: la humanidad es una sola. Y cuando uno de nosotros cruza un nuevo límite, ese logro también nos pertenece. Ahí es donde la comunicación adquiere un valor fundamental.
No se trata únicamente de transmitir información. Se trata de construir memoria colectiva. De darle forma a esos momentos que, sin importar la distancia geográfica o tecnológica, nos convocan como especie. Cada imagen compartida, cada transmisión en vivo, cada conversación alrededor de la misión fue parte de un mismo fenómeno: la creación de comunidad. Y eso, hoy, tiene un peso distinto.
Porque mientras el mundo se fragmenta en discursos, ideologías y territorios, por un instante volvimos a coincidir. Dejamos de lado las diferencias, suspendimos el ruido y nos encontramos en una misma frecuencia emocional. No importaba la postura política, la ubicación geográfica o la realidad individual: estábamos mirando hacia el mismo lugar. Eso no es menor.
Los aprendizajes técnicos, científicos y estratégicos de esta misión serán muchos. Apuntan hacia el futuro, hacia lo que viene, hacia nuevos desafíos aún más complejos. Pero quizás el aprendizaje más importante no está delante, sino en lo que acabamos de experimentar.
En medio de un mundo dividido, todavía somos capaces de reconocernos como parte de algo más grande.
Ya sucedió. Volvimos a ser uno solo. Justo cuando estuvimos, otra vez, al borde del límite.
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