Beijing como punto focal de la diplomacia global
¿Qué debería hacer Costa Rica ante el escenario de competencia global? Esta es una pregunta cuya respuesta se discute en este artículo de opinión de la sección #DeLaAALaZ.
Dr. Alexander López / Académico de la Universidad Nacional de Costa Rica.
¿Qué significado tienen las visitas a China de Donald Trump y Vladimir Putin para el equilibrio de poder? ¿Por qué esto es importante para América Latina? ¿Qué deberían hacer países como Costa Rica ante el escenario de competencia global? Estas son preguntas cuya respuesta quiero discutir en las próximas líneas.
Trump llegó a Beijing con 17 CEOS, una delegación de negocios disfrazada de delegación de Estado; después de dos días, ningún documento firmado, ninguna declaración conjunta. Trump habló de ventas, Xi Jinping de estrategia constructiva de tres años y más. Por otra parte, Putin llegó a Beijing, por su urgencia y necesidad de que China siga siendo el socio que necesita, en medio de la discusión del proyecto más importante para los rusos, el gasoducto llamado Power of Siberia 2. Las visitas de ambos jefes de Estado a Beijing muestran que Xi Jinping es hoy día una especie de árbitro del mundo; no necesariamente es el jefe de Estado más rico o el más poderoso, pero sí el que todos necesitan, ese al que nadie puede ignorar, y eso ha quedado claro.
La gran ganadora simbólica de estos encuentros fue China; Trump necesitaba mostrar acuerdos, Putin necesitaba mostrar respaldo; Xi Jinping, en cambio, necesitaba mostrar centralidad, es decir, posicionar a Beijing como el punto focal del nuevo orden global. Es así como en una misma semana, Beijing apareció como interlocutor indispensable tanto para la principal potencia occidental (Estados Unidos) como para la principal potencia enfrentada a Occidente (Rusia).
Quedó claro que Beijing valora la previsibilidad y la estabilidad en las relaciones internacionales; en ese marco, Xi Jinping ha adoptado una postura de «esperar y ver qué pasa», aprovechando los vacíos creados por Estados Unidos en la escena mundial. La diplomacia de Estados Unidos bajo el mandato del presidente Trump se ha caracterizado a menudo por ser transaccional y poco fiable, incluso para sus socios históricos. Esto brinda a China la oportunidad de aprovechar las divisiones existentes en la alianza transatlántica con Europa y en la transpacífica con Asia, para canalizarlas a su favor.
En cuanto a la relación con Rusia, está claro que depende cada vez más de China, sobre todo en lo referente al mercado para las exportaciones energéticas, de ahí la importancia de poder llevar el gas del Power of Siberia 2. Es bastante evidente que Moscú necesita acceso a financiamiento, tecnología y bienes industriales chinos, y ante ello, Beijing posee una capacidad económica muy superior y negocia desde una posición de fuerza.
En términos de la relación con Estados Unidos, Beijing parece estar buscando desarrollar una estrategia que consiste en lo medular en gestionar la competencia, pero ¿qué significa esto?
- Reconoce que son competidores estratégicos.
- No espera que se eliminen las diferencias fundamentales.
- Intentar establecer límites y reglas para evitar escaladas peligrosas.
- Mantener cooperación selectiva en áreas donde ambos se benefician.
En ese sentido, las diferencias estructurales siguen intactas, entre ellas la disputa tecnológica, en donde Estados Unidos busca limitar el acceso chino a tecnologías críticas como semiconductores avanzados, inteligencia artificial y computación de alto rendimiento, pero China, por su parte, considera estas restricciones como un intento de contener su ascenso económico y tecnológico. Este conflicto es estructural porque afecta al equilibrio del futuro de poder.
Ahora la pregunta incómoda: ¿Qué representa todo esto para América Latina?
China no coloniza como lo hacían los europeos del siglo XIX, no manda tropas como lo hacían los Estados Unidos el siglo pasado; China presta, China conecta con infraestructura física y virtual, y, cuando el deudor no puede pagar, negocia… negocia puertos por deuda, recursos energéticos y minerales por infraestructura. Y aquí viene lo que muchos no entienden: China no es solo comercio, es más que eso, China es la portadora de una estrategia para generar una interdependencia global compleja, es el rediseño de la arquitectura geoeconómica global, un rediseño que en el fondo ellos intentan manejar o controlar.
La geografía es el destino y América Latina tiene mucho de lo que China necesita para seguir desarrollándose; si las cosas siguen complicadas en Irán, pues ahí está América Latina; si las cosas se complican con Rusia, pues ahí está América Latina: en el triángulo del litio (Bolivia, Chile y Argentina), petróleo en Venezuela y Ecuador, cobre en Chile y Perú, soja en Brasil y Argentina, y muy importantes puertos en ambos océanos, como el puerto de Chancay en Perú.
Claramente, lo que algunos han denominado la trampa de Tucídides, no solo se juega a nivel global entre China y los Estados Unidos, como en el pasado entre Atenas y Esparta, sino que hoy día también se juega en el canal de Panamá, en los campos de litio en Atacama, en los oleoductos venezolanos, en el puerto de Chancay. Frente a eso, la pregunta es: ¿Qué puede hacer América Latina? Estoy convencido de que, más que objetos de destino, como en la doctrina Monroe, podemos ser sujetos, pero eso requiere de Estados con una arquitectura institucional fuerte, de una clase política con gobiernos leyendo la letra chica, con una mirada prospectiva, y no solo resolviendo el aquí y el ahora.
En conclusión, lo que esos siete días en Beijing nos enseñaron es que la geopolítica del siglo XXI se gana en puertos, cables de fibra óptica, minas de litio, energía, no en discursos ideologizados de derecha o izquierda como los existentes en algunos países de América Latina, los cuales no tienen ningún impacto en la agenda de desarrollo.
Y aquí finalizo con algo fundamental que mucha de la clase política de América Latina no está leyendo: la segunda parte del siglo XXI no se va a decidir en Washington DC, ni en Bruselas, se va a decidir en lugares donde muy pocos miran, e incluso en sitios que a muchos políticos de América Latina les costaría localizar en un mapa: el estrecho de Malaca, el Mar Meridional de China, Shenzhen, Hsinchu.
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